Liniers Macanudo

lunes, 10 de octubre de 2011

Ars amatoria


Hay quienes para seducir al sexo opuesto exhiben sus automóviles, motocicletas o sus celulares de última tecnología. Un bibliotecario podría usar la literatura, y la literatura erótica para ser más precisos. Mi arma secreta es enseñarle a la dama cuestión el Elogio a la madrastra de Mario Vargas Llosa, una vez tendida la trampa con tan fascinante oda al erotismo, espero a que pasen unos días de haberlo leído todo para prestarle Los cuadernos de Don Rigoberto. Es infalible. Sin embargo, hace unos días no tuve en mi poder el segundo libro, así que lo descargué en PDF a mi Kindle para prestárselo, por respuesta recibí un rotundo No. No por la común desidia a leer libros digitales, no por el dilema ético sobre los derechos de autor, ni porque el gesto de fina coquetería literaria fuese interpretado ya como el colmo del atrevimiento. “No. No me voy a excitar de la misma manera que lo haría con el libro” fue la respuesta. Como dueño de un Kindle y defensor de los e-books, jamás había recibido tan rotundo argumento en contra de este soporte digital para la lectura.
Y es que es un asunto de sensaciones, yo mismo me he declarado incapaz de leer poesía en e-books, estoy dispuesto a pagar buenas cantidades de dinero por buenas ediciones con papel atractivo y suave al tacto. El libro de poesía es el objeto sensual que procuro cargar en mi mochila a donde quiera que vaya. Asumo que, además de las ediciones comentadas o revisadas, pago por su olor, por la textura de sus páginas y por la palabra poesía –que tan atractiva me parece— impresa en alguna parte del lomo o la portada, para que todos la vean y me vean con ella en la manos; pago por todos esos espacios en blanco que rodean la silueta de los poemas y que no son los mismos en cada uno, que no desaparecen cuando presiono un botón en el Kindle; pago para poner algún pétalo de flor como separador en el poema que más me gusta (he aquí una aplicación imposible para el Kindle y las tablets) y que el tiempo ha secado; también pago para que ese pétalo manche la página con sus pigmentos.
Definitivamente ha de tratarse de sensaciones. Si es así, los niños son los seres más sensuales que puedo imaginar para este asunto. Los que trabajen en bibliotecas para niños pueden comprobarlo: obsérvenlos entrar ansiosos a la biblioteca y tomar el libro más atrayente, miren cómo en cada página pasan sus manos por toda la superficie del papel y no la cambian hasta haberla abarcado toda, también van a acercar sus rostros para deleitarse con el olor (algunos llegan al extremo de saborearlo un poco –lo he visto—). Muchas veces lo harán en parejas o tríos, en completo silencio y entre miradas concupiscentes mientras el libro es su objeto de placer comunitario. Así, de todos los libros que pasan por el lector de barras cuando hago el préstamo externo, sé que en el caso de los niños esos libros volverán muchas veces sin una letra leída; sin embargo, las páginas tendrán inconfundibles huellas de uso. Esos querubines llevan los libros a casa solo por el placer de hacerlo, gustan de sentir el peso de los libros a sus espaldas cuando los cargan en sus morrales y por eso es tan importante el tamaño. Los adolescentes, por su parte, no se quedan atrás, si yo mostrara aquí una foto de la hora de lectura en la biblioteca de secundaria del colegio, parecería más una escena orgiástica que una biblioteca escolar: a falta de sofás o de muebles menos rígidos, los muchachos y las muchachas se arrojan al suelo donde el abdomen de cada uno es la diván del otro. Sin un ápice de pudor, buscan los rincones más oscuros para estas lecturas grupales. Pocos profesores comprenden la naturaleza de este comportamiento y por eso lo reprimen en toda ocasión.
Existe un grupo de personas en el cual me incluyo del que se dice que ama los libros, que por eso los preferirían siempre. Pero la verdad es que no amamos los libros, somos Amantes de los libros, AMANTES, léase bien: somos sus amantes. Por eso cuando compramos un nuevo libro separamos sus páginas con brusquedad, aspiramos el olor de su papel y nos extasiamos públicamente y sin vergüenza, luego rodeamos el lomo de nuestro nuevo amante con la mano y lo llevamos de caminata por la calle, las plazas o hasta los centros comerciales, como quien estrena novia(o) y la exhibimos orgullosos. Con el Kindle no me ocurre lo mismo y ha de ser por la misma razón por la que tampoco encuentro sensual un automóvil, una motocicleta o un smartphone.

Sí es cierto esto que acabo de escribir, si acaso tengo una pizca de razón, si puede ser lícito posponer la comprensión de lectura ante este imperio de los sentidos, entonces redactaré de nuevo el documento de las funciones del bibliotecario de mi colegio: cambiaré la parte que dice “Orientar la gestión de la biblioteca a la creación y mantenimiento de un clima pedagógico” para poner algo como “Hacer de la biblioteca un espacio de desarrollo sensual”.
Comuníquese, compréndase y ámese.

Definición de la RAE:
sensual. (Del lat. sensuālis).1. adj. Perteneciente o relativo a las sensaciones de los sentidos. /2. adj. Se dice de los gustos y deleites de los sentidos, de las cosas que los incitan o satisfacen y de las personas aficionadas a ellos. / [Y por supuesto] 3. adj. Perteneciente o relativo al deseo sexual.

martes, 4 de octubre de 2011

No te salves


En mi biblioteca hay dos bibliotecas: una biblioteca para preescolar y primaria con el nombre de Júnior, otra para bachillerato (secundaria) con el mote de Sénior. Por esta época hay un grupo de estudiantes indeciso entre ambas bibliotecas. Son los que pasan a secundaria (bachillerato), son la nueva gente grande.
Ahora deben cambiar, deben crecer. Y deben porque no tiene opción. Ya no pueden correr tanto sin miradas reprobatorias, es hora de congelar el júbilo; es la hora de quedarse inmóviles en sus pupitres, llenos de la calma de aquel que parece adulto; y, si acaso llegasen a pensar que la vida aún es un juego, se darán cuenta que con tanta tarea y taller, tiempo para jugar es lo que no tienen. Estoy exagerando, lo sé, pero es que aunque por un lado no me incumbe mucho, por otro lo que sí me atañe son los libros, y los libros también cambian cuando creces.Estos estudiantes de 6° están llegando a su nueva biblioteca y ya se sienten un poco liliputienses, su nueva biblioteca tiene los anaqueles del doble de altura que los de la Júnior, pero peor aún: los libros parecen inconmensurables, o así lo sienten cuando no les caben en las manos. Mordieron el lado equivocado de la galleta.
Es la biblioteca de los grandes clásicos sin ilustraciones, de los libros de lomos serios y clasificación Dewey precisa, donde el conocimiento tiene cara de enciclopedia y viene en tomos pesados. Por eso vienen a mi preguntándome por los libros buenos y yo les muestro a Poe, Tolkien, Pullman, Stevenson, Ende, Cervantes, Reverte, Verne (sin resumir), Oz (Amos), Cortázar, Bojunga, Carrasquilla, Gamboa, Mendoza, Vallejo, Llosa, a Benedetti y a Homero y etc.; tengo una lista aún más larga pero ellos insisten: “No, Danny, los libros chéveres ¿dónde están? ¿podemos ir a la Junior?”. A la tercera semana de acosos al bibliotecario y fugas poco disimuladas a su vieja biblioteca de niños, les profeso la frase que me ha hecho sentir un tanto tráfuga por estos días: “Lo siento, pero ya es hora de crecer, se sientan y leen los libros que les pasé”
No es mi intención que se queden inmóviles ni que congelen el júbilo, no quisiera que se llenaran de tanta calma o que ya no tengan tiempo como los vecinos de Momo, pero contrariando un poco a Benedetti, sí quisiera que reservaran del mundo un lugar tranquilo, aunque en un primer momento este los asuste.

NOTA: La RAE prefiere tránsfuga o trásfuga, yo propongo tráfuga, me suena mejor.

Por Liniers